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Abbas Kiarostami: La vida y nada más

 

Por Luis Beltrán Nebot

Con el cine, la pared se convierte en una apertura hecha en el mundo sobre ese mismo mundo – Jean-Luc Nancy

El título del texto que ahora mismo estáis leyendo está sacado de la introducción de la edición en castellano del libro de Jean-Luc Nancy, La Evidencia del Filme. El cine de Abbas Kiarostami, escrito en el 2001, redactada por Víctor Erice. Palabras mayores. En este mismo momento, no entiendo muy bien si lo que tengo entre manos -la idea, el texto no expuesto todavía- es una reflexión directa de este libro, una mera reseña o nada más, o solo un ejercicio, una inspección en la evidencia del cine, en el pensamiento del filósofo francés o en la obra del director iraní, también puede que en especial, sea un vistazo por la apertura de la pared del cine a su cinta Y la vida continúa... de 1992. Que, por cierto, es una traducción "errónea” del título en persa que vendría a significar algo así como La vida y nada más.

El término evidencia respecto a la obra de arte lo acuña el filósofo alemán Martin Heidegger, otorgándole relevancia al arte como realizador del potente significado que crea con su lenguaje para que el ser humano consiga conectar con el sentido de la verdad de lo expuesto, en lo que nos compete aquí, en lo presentado en la pantalla. Por poner algunos ejemplos: el horror humano hacia lo desconocido, hacia su capacidad de destrucción, hacia nuestra relvo como la especie dominante en Alien. El octavo pasajero (1979); que la realidad burguesa no es la realidad, aunque sea la instaurada, a la que escuchamos, la que está inscrita en el imaginario popular, como se nos presenta en La ventana indiscreta (1954) o Terciopelo azul (1986); la desesperación de la sociedad francesa en la ocupación nazi en El muelle de las brumas (1938); o cómo la más horripilante catástrofe hace que todo se reduzca a la nada, donde no queda nada más que volver a levantar los cimientos en Y la vida continúa....

Kiarostami evidencia el valor humano en lo que ve el personaje que hace de director de su anterior película, ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), primera parte de la trilogía Koker del iraní. Este director se enfrasca en un viaje con su hijo hacia los escenarios reales de su anterior película en busca del protagonista de esta, en un Irán derruido tras el demoledor terremoto del 1990. Kiarostami nos presta la visión de este director que no reconoce el lugar en el que estuvo trabajando tres años antes, un lugar que esconde más de un millón de cadáveres, como diría el pasional poeta Dámaso Alonso, bajo las ruinas de la Persia contemporánea. Nos otorga la mirada y nada más. Es una obra que abre un camino, tan abierto que nunca se cerrará, un camino con empinadas cuestas, zigzagueante, con grandes derrumbamientos, con gente que se casa por miedo a que haya otro terremoto y se queden sepultados los familiares que les quedan, donde la gente se complace con el Corán y con poder ver la Copa del mundo de futbol.

Kiarostami traza un lienzo en el que nadie es el que es. En el que sus vidas han quedado sepultadas, en el que priman las cabezas gachas, en el que ya no caben los contraplanos entre las personas; la mirada se mantiene dispersa, de espaldas, solo se centra en el camino. Esa mirada otorgada por el director, otorgada por el verdadero director, otorgada por lo vivido, pensado e impuesto a este director, por lo impuesto a la sociedad, por lo establecido en la religión, por las influencias de otras civilizaciones, por la globalización. Esa mirada del espectador al mundo reconstruido por la cámara, la belleza de poder conectar con algo tan grandioso como un viaje en coche, aunque este se encuentre a millones de kilómetros, de conseguir ponernos en la piel del conductor, de su hijo, de los que se encuentran fuera del coche, del que se hace pasar por un director para conseguir relatar su sufrimiento, del niño que busca devolver el cuaderno a su amigo para que no lo echen de la escuela, del hombre que busca la muerte pero no puede hacerlo porque debe ser enterrado después, etc. Porque, de las preguntas que vuelven, quién se quiere mantener siempre en su misma piel.



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