Ir al contenido principal

Cuando fui al Cinema Paradiso

Por Joaquim Carreguí Tel


La primera vez que vi Cinema Paradiso estaba en primero de carrera. En aquella época empezaba a salir con una chica que a las buenas y a las malas me marcaría durante mucho tiempo. También entonces empezaba yo mis más importantes amistades. Con estas tres cosas, mi carrera, aquella chica, y mis amigos he tenido una fuerte relación de amor-odio. A las tres las intenté dejar atrás varias veces, no con mucho éxito. Las tres las he odiado y las he querido, las tres me han hecho lo que soy. Esto es lo que nos pasa con los lugares a los que pertenecemos, es lo que nos pasa con el mundo y con nuestra vida; compleja, difusa y absurda.


El tiempo pasa y nosotros seguimos. Creemos falsamente dejarlo atrás, como si se quedaran inmóviles muchas cosas, pero lo que dejamos sigue adelante, solo que por caminos diferentes a los nuestros. Miramos lo que antes nos acompañaba, los lugares a los que pertenecemos, y pensamos que ya no nos acompañan, que nada tienen que ver con nosotros y que los sentimientos que habían se han desgastado, se marchitan hasta que ya no queda nada. Nos vemos solos en lugares que estaban llenos por y para nosotros. Lugares que como el Cinema Paradiso o Giancaldo cambian enormemente solo con que nos demos la vuelta un instante. Cambios que, como a Totó, seguramente nos parezcan dolorosos. 


Pero el cine que hemos vivido no cambia, tal vez lo ha sido como simple entretenimiento, como un pasatiempo, pero sin darnos cuenta lo hemos querido y con él a otros, más aún de lo que podíamos pensar. Sus emociones puras siguen ahí, aunque parezca que las hayamos olvidado. Lo que parece dejado atrás, como propio de un tiempo y lugar desconocidos ya para nosotros, está tan presente como el primer día. El cine tiene esa magia de hacernos vivir esta pureza emocional que nos marca. Pero más que hacernos vivirla, nos hace soñar en recuerdos de emociones. Recuerdos de cosas amadas y odiadas que creemos superadas porque necesitamos creerlo para poder continuar con nuestras vidas. Necesitamos creernos que superemos estas cosas para hacer otras nuevas, pero siempre pertenecemos en mayor o menor medida a ciertos lugares, aunque no nos demos cuenta hasta mucho después. El cine es ese sueño que nos hace recordar nuestro lugar, que nos da compañia sin juzgarnos, permitiéndonos volver a sentir nuestro yo pasado y presente a la vez, reconciliarnos con lo que creíamos abandonado, recordando nuestro ser. 

Hace un par de días volví a ver Cinema Paradiso, sentado junto a un gran amigo, solos en una sala de cine después de pasar meses sin notar una butaca. Fue una experiencia única, un torrente de emociones guiadas por Tornatore y los Morricone, que difícilmente olvidaré. Pero sobre todo dos cosas había: amor y belleza. Esto puedo decirlo tanto del Cinema Paradiso como del Cine en sí. El Cinema es el amor al cine en su estado más puro, un amor que no puede separarse de con quién, ni cuándo, lo hemos visto. Un amor que nos marca y nos acompaña, pero sobre todo, que nos une con nuestro interior y nuestro exterior de formas insospechadas. 


Como ya he dicho, hace unos días volví a ver la cinta, esta vez con una compañía muy diferente y en un sitio muy diferente. Pero no tanto al fin y al cabo. También hace unos días acabé la carrera que empecé el año que vi el Cinema, además he vaciado el piso en el que he vivido con mis amigos todo este tiempo, al que me mudé por primera vez al empezar dicha carrera, no mucho después de descubrir el cinema y de empezar con aquella chica. Muchas cosas han cambiado. Esas cosas que he odiado y que he querido, que a veces sigo odiando y sigo queriendo, seguirán ahí en algún lugar. Pero al Cinema/Cine lo quiero, lo he querido y lo seguiré queriendo, porque no solo es lo que es, también es lo que soy por recordarme donde he sido. Nuestra vida está llena de lugares, las personas son lugares, tanto o más como las casas, nuestras relaciones son lugares, igual que lo es una plaza. Pero el arte no es solo un lugar, o si es un lugar, es un lugar con un aura diferente, porque es el lugar donde la razón y la emoción se dan la mano al amparo de los otros lugares. El cine/Cinema nos permite unir las artes y los lugares para unirnos con ellos y entre nosotros. Esta es su magia, una magia que ahora que tantas cosas empiezan y acaban me recuerdan que, intentar volver a los lugares del pasado tal cual eran, es tan imposible como querer olvidarlos, pero que hay algo capaz de abrir una brecha en esas barreras de la memoria y la vida.





Comentarios

Entradas populares de este blog

Eastrail 177: lo cotidiano en el mundo superheroico

-           ¿Sabes lo que más miedo da? No saber cuál es tu misión en este mundo, no saber por qué estás aquí. Es una sensación horrible. Eastrail 177 es el nombre de un tren que desencadenó una de las mejores trilogías superheroicas de la actualidad. Dirigida por una mano tan firme y creativa como es la de M. Night Shyamalan, célebre cineasta de orígen indio responsable de películas como El sexto sentido (The sixth sense, 1999), Señales (Signs, 2002) o El bosque (The village, 2004). En el siguiente artículo, trataremos de analizar las inquietudes de este gran cineasta plasmadas en una serie de 3 películas que intentan disertar las escasas diferencias entre ficción y realidad y lo que realmente significa ser un superhéroe o un supervillano. En un momento de absoluto auge en su carrera, Shyamalan (con su fiel estela hitchcockiana muy marcada por la forma cinematográfica) da comienzo a su gran historia con El protegido (Unbreakable, 2000)....

El nombre de la rosa: Bernardo Gui y el prejuicio del inquisidor

Por Paula García Castro Situada en una abadía benedictina al norte de Italia en 1327, El nombre de la Rosa nos adentra en una historia de misterio contada desde la perspectiva de Adso de Melk, joven discípulo del monje franciscano Guillermo de Baskerville. Ambos personajes llegan para investigar la sospechosa muerte de uno de los hermanos, la primera víctima de una serie de asesinatos. Sería erróneo abordar la película o el libro homónimo desde la visión de “época oscura” que transmiten ambas obras, no solo por su trama de asesinatos, sino por la tenebrosa atmósfera que envuelve a la abadía y a los personajes más importantes de la comunidad monástica. Así pues, deben obviarse estos prejuicios, transmitidos tanto aquí como en la mayoría de películas y libros ambientados en la Edad Media. No obstante, es de agradecer lo bien que está mostrada en El nombre de la rosa la organización de esta sociedad cenobítica, la estricta disciplina que debían realizar los monjes de oración, trabajo y ...

La influencia de Edward Hopper en Hitchcock: El caso de La ventana indiscreta

Por Claudia Gomis Pomares Desde sus inicios la cinematografía vio en la representación pictórica un referente importante. Si se hace un repaso por el encuadre cinematográfico, se puede observar que este sigue las mismas reglas que la pintura, ambas son una representación bidimensional. Tanto el cine como la pintura siguen los mismos parámetros, capturar historias. Ambas disciplinas tienen el objetivo de llevar a la contemplación visual.  Dentro del mundo común que comparten el cine y la pintura se encuentra la figura de Edward Hopper, su visión nostálgica de la América contemporánea, que refleja una cotidianidad en la que el espectador es partícipe, junto a su gran capacidad narrativa, ha hecho que su obra haya sido trasladada a la gran pantalla. Como se verá de forma más extensa a continuación. Pero, para tener una visión más amplia del contenido, cabe hacer un repaso por la figura de Edward Hopper, y como esta se ha visto ligada al séptimo arte.  Hopper nació en 1882, termin...